Siguiendo mi tradición personal, me levanté pronto para ir a los baños termales tal
cual abrieran.
Y a las 6 de la mañana estaba, yo sola, enfilando el camino hasta la zona
superior, donde me esperaba un paisaje rodeado de niebla y una fina lluvia
golpeando los tejados de madera y paja.
Sigo sin entender el como pude estar, hasta casi las 7 de la mañana,
disfrutando en soledad de un baño caliente. Todo un lujo.
Al bajar, recogí a Jordi y nos fuimos a por el desayuno. Que, como siempre,
suele costarnos más que no la cena.
Lo del arroz, sopa miso, encurtidos y pescado por la mañana... en especial
Jordi no lo lleva tan bien. Aún así, a mi siempre me gusta probar los sabores de los distintos platitos porque suelen ser muy típicos de la región. Por ejemplo, en este desayuno había marinados con
yuzu y sudachi, los dos cítricos más famosos del lugar.
Eso sí, el pudding, de nuevo, buenísimo.
Tras realizar el check-out, nos guardaron las mochilas porque teníamos
contratado el tour en taxi (ver post de
preparativos).
Nos avisaron cuando llegó a recogernos y nos dieron una bolsita con
caramelos para el viaje. Si es que seguíamos alucinando con los detalles.
La conductora del taxi no hablaba inglés y la verdad es que tampoco era
habladora en general. Intercambiamos algunas palabras en japonés y ya, pero
era muy amable. Tampoco quise molestarla mucho, estando conduciendo.
El tramo hasta la primera parada fue el más largo porque nos llevó al punto más alejado del
tour, para después, irnos acercando al hotel. Fue una horita de coche,
mayormente por carretera estrecha y sinuosa donde, en varias ocasiones, tuvo
que apartarse para dejar paso a algún autocar o camión, confirmando con eso que nosotros no lo hubiéramos pasado bien conduciendo por ahí (pero cada
cual...).
Aunque llovía, el paisaje del valle con la niebla era muy bonito. Y al llegar
a nuestro destino, nos dimos cuenta que íbamos a estar solos visitando los
puentes colgantes.
La conductora nos dejó unos paraguas y nos dijo que esperaría en el
coche.
Tras pagar las entradas (550 ¥) a un hombre muy mayor que apenas oía lo que se
le pedía, empezamos a descender por un camino rodeados de árboles.
Esta zona es la de Oku-Iya Kazurabashi y alberga los otros dos puentes
colgantes que quedan en el valle, llamados: el de la mujer y el del hombre.
Lo ideal es hacer una ruta circular, pasando por uno y regresando por el otro.
Así pues, optamos por pasar primero por el de la mujer, que es el pequeño (22 m
largo por 5 de alto).
Éste lo pasé más o menos bien pero despacio, porque los peldaños estaban
mojados, la separación entre ellos es mayor (cabe el pie) y encima tenía que
aguantar el paraguas...
Una vez en el otro lado, nos acercamos a ver el puente del mono salvaje. Una
plataforma que se usaba para cruzar mercancías y, antes, se podía probar a
montar uno mismo y cruzar tirando de la cuerda. Pero a día de hoy está inutilizada por culpa de unos
desprendimientos en el acceso a uno de los extremos (y no sabemos ni cuando lo repararán ni siquiera si lo harán).
La vuelta tocaba hacerla por el impresionante puente del hombre (44 m de largo
y 12 m de alto). Y digo impresionante porque, a pesar que tiene casi las mismas
dimensiones que el del día anterior, a mí me costó mucho más cruzarlo.
Atención a mi cara de: ¿Dónde carajo me he metido?
Quizás fuera la lluvia, que me obligaba a tener una mano ocupada, la falta de
gente, que me hacía ver la distancia real, o la mayor separación entre
peldaños, que me hizo avanzar más insegura... El tema es que, a mitad del
recorrido, mi vista se fue abajo y tuve que cerrar los ojos, respirar e
intentar relajarme para finalizar el recorrido. No había marcha atrás.
A todo esto, decir que Jordi los pasó bien, sin mayor dificultad y
tranquilamente. Es lo que tiene no tener miedo a las alturas.
A pesar de la lluvia, el paisaje era muy bonito y estar solos, un lujo
increíble. Que diferencia con el puente más turístico.
Justo al irnos llegaba otra pareja que habían ido en coche.
Nosotros tomamos
rumbo al siguiente destino, pero la conductora nos dijo que íbamos con tiempo
de sobras y que podíamos parar a ver la aldea de los espantapájaros.
No estaba en mis prioridades porque me daba un poco de yuyu, pero ella
insistió así que, ¿Por qué no?
Al llegar, se acercó a un lugar y nos dio unos panfletos donde explican la
historia de tan curioso lugar, tanto en japonés como en inglés.
La "Scarecrow Village" nace en 2002, cuando la señora Tsukimi Ayano regreso a
su aldea natal tras vivir en Osaka. Allí, hizo un espantapájaros que se
parecía a su padre para proteger los campos.
Los vecinos empezaron a saludar al muñeco y a ella le hizo ilusión, con lo que
siguió creando más y más, y ya lleva más de 300 muñecos repartidos por la
aldea y otros puntos del valle.
En 2014 un estudiante alemán cayó por esa zona y sus vídeos, mostrando el
curioso fenómeno de la aldea poblada por espantapájaros, atrajeron la atención
del turismo.
Resulta curioso ver como una aldea que se ha ido despoblando con los años, a
la par se ha ido llenando de muñecos. En la propia escuela del pueblo (que parece que ya no se usa como tal) hay infinidad de
ellos.
La siguiente parada era un mirador desde el cual se puede ver la Ochiai
Village, una aldea donde se han restaurado varias casas tradicionales.
Llegar a la aldea supone dar mucha vuelta, así que nos conformamos con
vislumbrarla a lo lejos.
Eso sí, cuando llegamos estaba el valle cubierto de niebla y no se veia nada, pero nos esperamos un poco,
ya que parecía que estaba escampando, sentados en compañía de un par de
espantapájaros.
Para finalizar el tour, nos acercó a una cafetería muy especial, donde yo quería comer: el
Café Tenku
o, como se llaman en Instagram,
Buruberi Komikan Cafe. (En Instagram van publicando los días de cierre de cada mes)
Está cerca del puente más turístico del dia anterior, pero en la parte alta de la montaña. Así pues, decidimos que
el tour terminara aquí arriba y después ya bajaríamos tranquilamente a pie.
Le pagamos a la taxista, nos despedimos y a disfrutar de unas vistas
impresionantes en un lugar muy guay, también con una bonita historia de retorno
a la aldea.
En este caso, en 2023 el señor Isamu Yamamoto, tras años trabajando como asalariado,
decidió jubilarse y regresar a su aldea, donde reformó una casa
antigua, la transformó en una cafetería y empezó a cultivar arándanos en unos
campos abandonados.
¿El resultado? Una cafetería preciosa, donde puedes comer tanto en el interior,
como el exterior, con productos naturales y de la zona.
¡Ah! Y si se va en temporada, se puede reservar la experiencia de recoger tus
propios arándanos.
Yo los descubrí gracias a la Oficina de Turismo de la zona y siempre que veo sus
actualizaciones en Instagram, poniendo como hacen las mermeladas de arándanos,
yuzu, castaña, etc. me entran unas ganas de volver terribles. jeje
Cuando llegamos, justo se iba una pareja de extranjeros y estuvimos solos
mientras comimos.
Nos pedimos el curry, yo con un té del valle y Jordi con un zumo de mikan
(mandarina de la zona).
Y, de postres, unos scones con mermelada de arándanos y yuzu, todo casero y
delicioso por 3.700 ¥.
Agradecidos con el tiempo, porque dejó de llover y pudimos disfrutar comiendo
en la terraza, y muy satisfechos por la decisión de comer ahí, nos despedimos y empezamos el descenso hacia la zona del puente para después ir de allí al hotel
(nos lo tomamos con calma, haciendo fotos por el camino, y tardamos unos 40 minutos).
De bajada, nos cruzamos con otro chico extranjero que estaba subiendo a pie,
buscando la cafetería. Nos preguntó si estaba abierta y si merecía la pena. Le dijimos que sí y le dimos ánimos con la subida, que la recompensa bien lo valía y siguió todo
animado.
Al llegar a la zona del puente se notó que era un lunes. La
afluencia de gente era menor que el día anterior.
Nosotros seguimos hasta el hotel para recoger las mochilas y esperar el bus en la parada justo enfrente del alojamiento. Junto a nosotros también esperaba una manada de rusos que, cuando llegó el bus, provocó que casi no
cupiéramos en él. Por suerte lo logramos y los del ryokan se
despidieron de todos allí mismo, como suele ser tradición en estos
alojamientos.
Y digo manada porque tela la que liaron para pagar al bajarse del bus. Menos mal que llevábamos los pases de tren y no teníamos que pararnos a
sacar billetes en la estación, porque igual hubiéramos sufrido con los tiempos.
Entre la llegada del bus y la del tren a la estación había unos minutos de margen, pero los rusos tardaron tanto en pagar que los que estábamos detrás de ellos bajamos a toda leche para no
arriesgarnos a perder el tren en dirección a Kochi. Ellos debían tomar otro
en dirección contraría porque fueron con toda la parsimonia a hacer fotos al
paisaje.
En fin, logramos llegar bien y, tras una horita de tren, llegamos a nuestro
siguiente destino: la ciudad de Kochi, en la prefectura que comparte su mismo
nombre.
Lugar de nacimiento del autor de Anpanman y de un gran samurái, del cual
hablaremos en las próximas entradas.
Tras hacer check-in en
el hotel y comprobar que habían llegado las maletas, nos fuimos paseando hasta
Harimayabashi, una zona llena de ambiente y con muchos restaurantes y tiendas.
Podíamos haber ido en tranvía, pero era un paseo de 15 minutos, con calma, y
decidimos ir viendo las diferentes estatuas de Anpanman, que inundan la avenida que baja desde la estación.
Harimayabashi es un pequeño puente rojo, muy emblemático y con una triste
historia de amor.
Según la leyenda, un joven monje fue visto comprando un peine decorativo
(kanzashi) para su amada, hija de un comerciante, en una tienda cerca del
puente. Éste fue el principio del fin para los amantes desafortunados, ya que
en aquel entonces los monjes tenían prohibido tener relaciones o casarse. Como
castigo, ambos fueron exiliados, de forma separada, para no volver a
encontrarse jamás.
Las tiendas que venden peines, como el que aparece en la famosa historia de
amor, se agrupan alrededor de Harimayabashi y por las galerías que rodean la
zona.
Y, justo en frente, se puede observar un reloj con figuras mecánicas, que se
ponen en marcha al anunciar las horas.
Por desgracia, siempre que se activaba nos pillaba pasando con el tranvía,
nunca al lado como para observarlo tranquilamente.
De ahí, nos fuimos paseando por las bonitas callejuelas hasta el mercado
Hirome.
Por fuera estaba todo muy tranquilo. Pensamos que era normal al ser un día entre
semana... hasta que entramos en el mercado.
¡Ahí estaba todo el mundo! Tanto turistas como locales. jeje. Fue abrir las
lonas de plástico que lo aíslan del exterior y golpearnos el ruido de
tropecientas conversaciones, cual taberna gigante. jeje.
Y así se podría definir este lugar. Un mercado donde muchos puestos son
también restaurantes o tabernas que venden sus productos para ser consumidos
en las mesas comunales.
Unos pocos locales tienen mesas propias, pero la mayoría son compartidas, así que lo
normal es que acabes sentado al lado de otras personas.
Aquí se puede degustar un montón de productos frescos de la zona, como
el katsuo no tataki: un tataki de bonito, asado ligeramente al fuego de paja, y
sazonado con sal o salsa de soja con cítricos.
En algún restaurante, como el Myojinmaru, puedes ver como lo asan en directo,
es uno de lo locales más famosos del mercado.
Pero nosotros habiamos reservado mesa en la izakaya que estos mismos tienen fuera del mercado, Myojinmaru Hanare, donde puedes asar tu propio katsuo.
Aunque creemos que quizas se puede ir sin reservar porque, al menos entre semana, no
estaba lleno.
Eso sí, se pide a través de una tablet y está todo en japonés. Le comentamos a la chica que nos atendió que queríamos hacer nuestro propio katsuo no tataki y ella lo anotó.
Mientras esperábamos a que nos llamaran, miramos el resto del menú y pedimos unos edamame y un karaage.
La verdad es que estaba todo muy bueno y acompañado de unos aliños
deliciosos.
En cuanto al asado del bonito, es bastante rápido y muy divertido. Jordi pudo
grabarlo y nos dejaron hacer cuantas foto quisimos. Aparte, ellos se ofrecieron a hacernos una
foto juntos.
Una vez asado, ellos lo trocean, preparan y llevan a la mesa.
Yo no soy muy de pescado crudo, lo sabéis, creo ya, pero junto con la
salsa de ajo estaba brutal.
En cuanto a Jordi... todavía sueña con ese tataki, con eso os lo digo
todo. Jeje.
Toda la cena costó 4.554 ¥.
*Nota sobre la experiencia de cocinar el katsuo no tataki:
Escogimos hacerlo en este lugar porque estaba céntrico y de fácil acceso sin
coche pero, si se tiene coche, un lugar muy recomendado (y que nos habían
mencionado nuestras amigas) es el
Tosa Tataki Dojo. El problema es que está a desmano, incluso de las paradas de bus, y
tiene un horario reducido. Intenté cuadrarlo por todos los medios pero fue
imposible. Así que, busqué la opción B.
Por cierto, al mercado regresaríamos otro día para cenar, puesto que tenía
fichado otro plato de la región y acabaría cayendo. jeje.
Nos volvimos al hotel paseando, parando para comprar mi pudding de confianza
en el konbini y, como no, en compañía de Anpanman y su pandilla. ^_^
Llevábamos unas pocas horas en la ciudad de Kochi, y ya le notábamos un aire diferente de Tokushima.
La primera impresión fue muy buena pero, aunque teníamos ganas de explorarla,
el día siguiente tocaba excursión para aprovechar el pase de tren.
La ciudad tendría que esperar un poco más.



































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