Este día nos adentraríamos en el remoto valle de Iya, famoso por sus puentes de lianas de vid, todo un símbolo de la
región de Tokushima.
Para llegar a él teníamos que tomar dos trenes y un bus (los horarios de los
cuales había comprobado bien, antes del viaje, para cuadrarlos lo mejor posible).
Antes nos compramos el desayuno y unos onigiris que dejaríamos para la
noche, puesto que la cena sería muy temprano y quizás nos entraría el gusanillo a
última hora.
En Shikoku circulan varios trenes de Anpanman, un superhéroe infantil que
acompaña a los niños japoneses desde los años 70 y que sigue teniendo mucho
éxito con los más pequeños.
El autor era de esta región, concretamente de Kochi, y de ahí que los
personajes de la serie inunden la isla.
Estos trenes circulan ciertos días de la semana (normalmente fines de semana y
festivos), temporadas altas y a ciertas horas. Y, al consultar por
curiosidad
la web oficial, me di cuenta que íbamos a coincidir con dos ese día.
Estos trenes tienen unos vagones especiales, tematizados e incluso alguno con
zona de juegos, que se han de reservar con antelación y no entran en los JR Pass. Sin embargo, hay algunos vagones del tren, no tematizados, que son para
la gente que va sin reserva.
Fue muy bonito ver como el anden estaba lleno de familias y niños pequeños
esperando, emocionados, la llegada del tren.
Nos asomamos a su vagón, para ver lo chulo que era con sus zonas de juegos,
pero no hicimos fotos por respeto a la intimidad de los pequeños.
Que, por cierto, la mayoría de ellos hicieron doblete al hacer el
trasbordo y subir en el siguiente Anpanman train, con destino a Kochi. jeje
El mismo tren que tomamos también nosotros, solo que nos bajamos antes, en
Oboke.
En esta pequeña estación, al lado del valle, te recoge el bus que recorre éste. Confirmamos los horarios en un panel (nada intuitivo) junto con otros
visitantes, puesto que allí no había nadie a quien preguntar, e hicimos
algunas fotos alrededor mientras esperábamos.
El bus se paga en efectivo y, además, en ese momento no aceptaba los billetes
nuevos (Japón estaba, en el momento de este viaje, en proceso de cambiar sus billetes y no todas las máquinas estaban preparadas). Por suerte, teníamos alguno de los antiguos, pero para la vuelta
pedimos al ryokan que nos cambiaran otros para poder usarlos.
Tras algo menos de 30 minutos de trayecto, el bus nos dejó justo en frente de
nuestro alojamiento (ver post) que, si bien por fuera es de aspecto moderno, por dentro resultó ser una
pasada, sobre todo la zona de baños termales.
Como aún no era la hora de entrada, nos guardaron las mochilas, nos
confirmaron las horas de la cena, desayuno y del tour nocturno al que nos
habíamos apuntado, y nos dejaron reservar el rotenburo privado para la hora
que quisiéramos, puesto que aún no había ninguna reserva para ese dia.
Después, confirmamos con ellos la ruta para ir a pie hasta el puente
Kazurabashi (unos 10 minutos por carretera), y para allí que nos fuimos.
Primero pasamos por un edificio moderno enorme que alberga una zona de
restauración y tienda con productos típicos, así como el parking para los
coches y autocares. A partir de ahí, todo el mundo ha de descender a pie un pequeño tramo de carretera hasta el
puente.
Había mucha gente porque, de los tres puentes que se conservan en el valle
(antiguamente llegaron a ser hasta trece), éste es el mas accesible y donde vienen
todos los tours.
La historia de estos puentes no queda clara, pero una de las leyendas dice que
fueron creados por refugiados del clan Taira (Heike), tras su derrota en las
guerras Genpei a finales del s.XII., que se habrían retirado a las
profundidades del valle en Shikoku, por ser una zona aislada y de difícil
acceso. También dicen que, en caso necesario, podrían cortar las lianas para
aislarse.
Lo cierto es que, en el pasado, eran el principal medio para
cruzar el río. Ahora bien, que no cunda el pánico, a día de hoy están anclados
a unos cedros bien robustos y cuentan con cables de acero por en medio de las
lianas que, como curiosidad, cambian y renuevan cada tres años.
El puente de esta zona se llama Iya Kazurabashi y es el más grande de los tres
(45 m de largo y 14 m de alto), aunque creo que me dio más impresión uno de los
que cruzaríamos al día siguiente (casi del mismo tamaño), porque en este, los
peldaños estaban más juntos y, quizás, al haber tanta gente no me dio la
sensación de ser tan largo.
Solo se puede cruzar en una dirección y cuesta 550 ¥. Ojito, los que tengáis
vértigo como yo, porque además se mueve y balancea.
Nosotros esperamos un poco, a que se vaciara de grandes grupos, para que
hubiera menos movimiento.
Mi cara de: "Venga, ahí voy."
¡Pero que no os engañe! Aquí Jordi, haciéndose un selfie donde salgo yo agarrada con
las dos manos y cruzando el puente muy poco a poco. jaja En fin, que no se diga
que no me enfrenté a mis miedos.
Justo a unos pocos metros, hay una cascada que, por el motivo que sea, mucha gente ignora y
no se acercan a ella.
De subida, nos paramos para comer en un chiringuito que hay en la cuesta.
Aunque, hay restaurante en el complejo del parking, nosotros teníamos claro
que queríamos comer ahí. ¿El motivo? Este lugar salió en un capítulo de "Soy
Mayor" (Hajimete no otsukai) en Netflix y nos hacía ilusión.
Comimos unos niku udon y probamos el dekomawashi, una brochetas típicas de la
zona que llevan: patata, albóndiga de trigo sarraceno (soba-dango), tofu firme
y konjac. Todo ello untado con miso que, en ese caso, tenía un toque de
yuzu.
Estaba todo muy bueno y la brocheta tenía un punto ácido muy rico.
Eso sí, el lugar es muy self-service. Pides lo que vas a comer, las brochetas te las dan donde las asan, coges vasos de papel y servilletas, pillas agua en una fuente que tienen y te sientas
donde puedes. Luego te van llamando para que vayas a recoger los platos calientes que hayas pedido. Después recoges todo
y siguiente cliente.
Sin muchas comodidades, pero todo muy rico y con buenas vistas.
De postre me cogí una brocheta de yakidango de artemisa con miso de yuzu (la
artemisa se ha convertido en uno de mis sabores favoritos para los dangos y
mochis).
Toda la comida nos costó 2600 ¥, más 500 ¥ del heladito de fresas con leche
condensada, que se tomó Jordi en la zona comercial, donde aprovechamos para
hacer algunas compras de productos típicos, sobre todo con yuzu, para la
familia.
Nos volvimos paseando con calma hasta el alojamiento (el bus de la zona nos podría llevar
entre este punto y el hotel, pero la frecuencia es baja), hicimos el check-in, disfrutamos un ratito de la habitación tomándome un té muy especial del valle (Oboke
Meicha), y a las 16 h nos subimos, enfundados en los yukatas, a la zona de
baños termales para disfrutar del rotenburo privado.
Subimos, de forma literal, en un pequeño funicular de madera super cuqui. jeje
El baño al aire libre privado es una maravilla. El más grande en el que hemos
estado y con unas vistas al valle brutales.
Después, pasamos un ratito por el baño de pies, también con vistas al
valle.
Y a tomarme otro tecito, dentro de la casita de descanso con el irori
encendido. De verdad, que la zona de baños de este alojamiento es de
ensueño.
A las 18 h tocaba bajar a cenar. Reservamos el primer turno porque teníamos el
tour nocturno a las 20 h.
La sala era preciosa, con las mesas hundidas en el suelo. Lamentablemente, poco tiempo después de nuestra visita, reformaron el comedor y ahora son mesas altas, aunque conservan la zona de hacer la brasa. (Probablemente, para alegría de los camareros, que tenían que agacharse al suelo y levantarse constantemente cuando servían las comidas. Y quizás, también, pensando en clientela mayor, con problemas para agacharse)
La cena nos gustó mucho. Como es típico de este tipo de establecimientos, con muchos productos de la zona:
dekomawashi, soba de iya, pescados de río (ayu)...
También un poco de carne wagyu además de un pudding que estaba increíble.
Jordi dice que ha sido de sus menús de ryokan favoritos hasta el momento. Y
la atención de los camareros fue estupenda.
El de nuestra mesa respiro tranquilo al ver que podría darme la explicación
en japonés. jeje Porque, aunque te dan una hoja en inglés, con todo lo que vas
a comer, ellos te explican el como.
Además, en un momento dado, se acercó el camarero de otra mesa para hablar con
nosotros, porque es ciclista y sigue la Vuelta a España. Se interesó en nuestro
país y pidió consejos para venir aquí de viaje. jeje Fue muy
divertido.
Para rematar la velada, la okami san (la dueña del ryokan), preciosa en su
kimono, nos deleitó con una canción tradicional que cantan en el valle en
época de cosecha.
Después se pasó a saludar por cada mesa y despedía a cada comensal al
retirarnos de la sala.
Nos quedamos alucinando con el trato tan exquisito.
Pero el día aún no había acabado, ¡ni de lejos!
A las 20 h, unos pocos huéspedes, nos subimos al autobús más especial en el que
he viajado:
¡¡¡Menuda reliquia más guapa!!!
Al parar en la zona del puente (donde nos dejó un
rato para sacar fotos) le pregunté al conductor y el bus es del 1962. En
activo desde entonces. Y él llevaba muchos años manejándolo. Por cierto, le
hizo ilusión nuestro interés en el vehículo, se le veía orgulloso. ^_^
Nosotros veníamos a hacerle fotos al puente y la cascada iluminados, pero no
esperábamos hacerle también fotos a otra joya. jeje
Por cierto, a estas horas no se puede cruzar el puente, obviamente cerrado,
pero merece la pena venir porque está muy bonito con las luces y sin nadie
encima de él.
Además, a esa hora solo estábamos los de nuestro hotel que habíamos venido en el bus.
De regreso al alojamiento, nos subimos de nuevo a la zona de onsen, esta vez
para ir a los públicos.
Eran las 21 h y no contaba con estar solos (cada cual en el suyo
correspondiente, puesto que son segregados) ya que, en otras ocasiones, para
estar sin gente hemos ido pasadas las 22 h.
¡Pero sí pudimos disfrutarlos a solas! Al menos la mayor parte del tiempo, yo
coincidí con dos chicas un breve rato.
Como no había nadie, nos aventuramos a hacer unas fotos, algo que no se puede
hacer normalmente, por privacidad de las personas (por si alguien no lo sabe todavía, en estos baños termales uno va desnudo).
El ambiente en esta zona, con la iluminación nocturna, era una maravilla.
Tanto, que me paré a disfrutar de otro té en la salita. Ya hace tiempo que
tengo asumido que, con tanto té rico, las noches de los ryokan mucho no duermo. jaja
Ahora sí, tocaba ir a dormir un poco, o intentarlo, porque yo tenía claro que
iba a madrugar para ir otra vez, a primera hora antes del desayuno, a los baños
termales.































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