Escoger qué hacer este día nos costó un poco. No por falta de lugares a
visitar, sino por logística para llegar hasta ellos.
Los naruto (que no nos llamaban la atención), el Ryozen-ji (templo nº1
del
Shikoku Henro), otros templos bonitos pero que estaban algo más apartados e implicaban
buses, un castillo... todo eso y alguna cosa más estaban marcados en mi
mapa.
Finalmente, optamos por traslados en tren y escogimos ir al castillo de
Kawashima y, si íbamos bien de tiempo, acercarnos al Ryozen-ji.
Spoiler: la primera parte del día fue un fail enorme, no cometáis el mismo
error. jeje
Este fue el día que subimos por primera vez en uno de los trenes diésel de
Shikoku y descubrimos todo el sistema de los trenes "one man" y su
funcionamiento a la hora de pagar y bajar de ellos.
En el
post de preparación
os explicamos al detalle estas novedades que nos encontramos en la isla.
Así pues, subidos en un tren que hacía el ruido de un camión acelerando, fuimos admirando el paisaje rural que te rodea nada más salir del
centro de la ciudad.
Gente trabajando en el campo, casas bajitas, montañas a un lado, el mar en el
otro... es una estampa que nos acompañó en gran parte del viaje.
Al llegar a la estación de Awa-Kawashima (o más bien al apeadero porque ni
estación hay, solo una caseta prefabricada donde comprar los billetes en un
máquina), tomamos rumbo al castillo.
En este punto, yo había vuelto a consultar la información sobre el castillo,
para ver si se pagaba entrada.
Pero en la
web de turismo de Shikoku
no daba esa información. Así pues me fui a la web en japonés (cosa que suelo
hacer normalmente antes de decidir ir, pero justo esa vez... no) y ahí me
encontré con que era gratuito porque estaba cerrado desde 2019.
Bueno, dijimos, ya que estábamos ahí y en otros lugares a veces hay un parque
bonito, un pequeño museo o algo, pues vamos igualmente.
De camino pudimos notar como los vecinos nos miraban sorprendidos. Estaba
claro que el turista no solía ir por allí, pero bueno, eso nos pasó en muchos
otros lugares bonitos así que p'alante.
¡Pero no! Esta vez las miradas debían ser realmente de "¡¿A que han venido?!", porque lo que nos esperaba no era solo un castillo cerrado, que de lejos
puede parecer que ni tan mal.
Sino un castillo en ruinas. Al acercarte, el deterioro era muy
evidente.
Y es una lástima, porque lo restauraron en 1981... hacer tal inversión para
abandonarlo de nuevo da penilla. Pero en fin.
Y esto es lo que había, nada más. Un castillo bastante pequeñito, abandonado, en mitad de la calle (sin siquiera estar dentro de un parque o algo)
El cachondeo de Jordi con el gran castillo de Kawashima aún dura a día de hoy.
Y nuestras risas durante el regreso a la "estación", al darnos cuenta que, probablemente, las miradas de los lugareños no eran de: "Ay mira, ¡unos turistas que vienen a ver el lugar!" Si no de: "¿A que narices han venido?"
En fin, nos lo tomamos con humor y alcanzamos a tomar el tren que pasaba una
hora después de nuestra llegada al lugar.
Íbamos con tiempo de sobras para la siguiente visita del día, que estaba a
diez minutos a pie de la pequeña estación de tren de Bando. Además, el camino
estaba señalizado, por ser ruta de peregrinaje, así que fue fácil
llegar.
El Ryozen-ji es el primer templo de la peregrinación de Shikoku, un recorrido
por 88 templos de la isla asociados con Kobo Daishi, el fundador del budismo
Shingon.
En él suelen empezar o finalizar la ruta muchos peregrinos. Y al estar tan
cerca de la ciudad, esperaba que hubiera mucha más gente la verdad.
Pero pudimos visitar el recinto con calma, sus diferentes edificios, jardines...
La zona del estanque...
Vimos algún peregrino, con la indumentaria tradicional, realizando los rezos y
ofrendas pertinentes...
En estos templos es normal ver un lugar para dejar los
bastones de peregrinaje, la oficina donde sellan el libro y a veces dejan sus
mochilas y, al ser uno de los templos destacables, la tienda donde obtener
toda la indumentaria y complementos del peregrino.
Con toda la ida y venida, se nos había echado encima la hora de comer y en la
zona no hay muchas opciones.
Por suerte, tenía fichado un lugar, recomendado por la oficina de turismo, que
estaba a poco menos de 10 minutos a pie. Eso sí, en dirección contraria a la
estación, después tocaría desandarlo.
El lugar se llama
Funamoto Udon Oasa-ten y no es más que un contenedor prefabricado, que alberga un comedor y
cocina viejitos, regentado por unas mujeres mayores.
Tenía pinta de comedor comunal, pero nos recibieron muy bien y enseguida nos
entregaron una carta en inglés. Se notaba que era un lugar de paso de
peregrinos, donde caería algún que otro extranjero en ruta.
El olor que desprendía la cocina era muy bueno, comida casera y ¡MUY barata! Nos sorprendieron los precios de la carta.
Nos pedimos los udon calentitos más caros, uno con tempura y otro con el tofu
frito que, en esta zona, se llama Shinoda udon, no Kitsune udon (700 ¥ el bol) y
unos Inari sushi (230 ¥). Pero, por ejemplo, había otros udon por menos de
500 ¥.
Estaba todo muy bueno, como suele ser en estos pequeños locales, llevados por
gente mayor y donde ves que come la gente del barrio. El desvío bien mereció
la pena.
Con calma, regresamos paseando por el vecindario hasta la estación y de ahí
de vuelta al hotel.
Decidimos tomarnos con calma lo que quedaba de tarde, haciendo lavadoras y
secadoras y pasando por la oficina de la estación a preguntar sobre el tren del
día siguiente. Porque al ser uno de los trenes de Anpanman, cuyos vagones
tematizados son de asientos reservados, quería asegurarme de que también había
algunos de asientos no reservados. Y efectivamente, nos dijeron que
tranquilos, que había zona para ir sin reserva.
Para cenar, nuevamente prontito, escogimos el
Tokushima Ramen Menoh. Un restaurante de ramen al estilo Tokushima, que nos recomendaron tanto en
la oficina de turismo como mi compi viajero Dani (Que por cierto, para los
frikis interesados en Tolkien, tiene una cuenta donde explica de forma amena
el Silmarillion:
El cronista de Arda).
Pues lo dicho, no queríamos irnos sin darle otra oportunidad a ese ramen, así
que nos fuimos a hacer cola.
Mientras esperábamos (la cola avanzaba a buen ritmo), nos pusimos a hablar
con una pareja de japoneses que venían de Kagoshima y estaban interesados en
nuestros viajes. Como hemos comentado antes, no nos cruzamos con mucho turismo
occidental en según que zonas, así que resultó bastante normal el que nos
preguntaran por nuestra visita a Shikoku. Estuvo muy guay y, de paso, practiqué
mi japonés.
Una vez dentro, nos sirvieron rápido y comprobamos que la espera bien mereció
la pena. Ese ramen estaba bastante más bueno que el del primer día y aún más
con el huevo. Además las gyozas estaban también buenas. (1.950 ¥ los dos).
Después de la cena, y tras despedirnos de la pareja japonesa al salir, nos
fuimos al konbini a por mi pudding de rigor y Jordi quiso probar el famoso Famichiki
picante. Su opinión: No pica (ojo, no os fieis, él aguanta MUCHO el
picante).
Y con esto, acababa nuestra estancia en la ciudad de Tokushima, que no en la
prefectura.
Este día se nos quedó un poco flojillo, con ese fallo inicial al escoger la
excursión, pero no pasa nada, disfrutamos del día y las risas.
Obviamente no la recomendamos, mejor hubiera sido acercarse a cualquiera de
las otras opciones, aunque fuera en bus. O, incluso, darle este día extra a Kochi,
ya que esa ciudad nos gustó mucho y había mucho por ver y hacer de nuestro
interés.
Pero eso, llegará en unos días.
Primero, tocaba pasar por el Valle de Iya.












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