11 de mayo de 2026

Tokushima: taller de Aizome y visita al Awa odori Kaikan

Este día lo dedicaríamos a dos actividades típicas de la región de Tokushima: el Awa Odori, baile tradicional de la zona y el aizome, o teñido de índigo. 

Alrededor de la ciudad hay muchísimos ríos, entre ellos el río Yoshino cuyo tamaño facilitó la navegación para el comercio, y en las tierras fértiles que quedan rodeadas por esas aguas prosperó el cultivo y la producción del índigo. 

Aizome

Hoy en día, algunas familias continúan con esta tradición y hay varios talleres donde poder realizar la actividad de teñir alguna prenda. 
Tras buscar información, descarté algunos talleres que estaban en plena ciudad, en favor del que parecía un lugar más interesante: el Museo Histórico Ainoyakata. Una antigua casa de comerciantes de índigo, conservada y transformada en museo. 

Aizome

Al consultar en Maps, vimos que el bus para ir hasta allí pasaba justo delante de nuestro hotel, así que nos venía perfecto. 
Eso sí, en Tokushima las IC cards genéricas no funcionan y tuvimos que pagar en efectivo.
Una vez en el bus, nos dimos cuenta que los alrededores de la ciudad eran todo casas bajitas con huertos y extensiones de cultivos, muchos de ellos de la propia planta del índigo. El mundo rural rodeaba rápidamente la ciudad. 

Aizome

Al irnos a bajar donde indicaba Maps, la conductora me preguntó si íbamos al museo (quedaba claro que dos extranjeros en ese bus y esa zona, no podían tener otro destino jeje), y nos comentó que esperáramos dos paradas más, que nos dejaría más cerca. 
Nos quedamos, con un poco de duda, y nos preocupamos al ver que el bus se alejaba del museo cada vez más... Pero resultó ser solo una vuelta que hacía, finalmente volvió hacia él y, efectivamente, nos dejó mucho más cerca. Para Maps, tardamos algo más en llegar, pero mis piernas se los agradecieron a la conductora porque, aunque el tiempo total era un poco más, el rato a pie era mucho menos. 

Al llegar al museo, pagamos los 300 ¥ de la entrada y preguntamos por el taller para teñir. Nos mostraron los diferentes tipos de telas (toallas de mano, pañuelos, estolas de gasa o seda...) y nos decantamos por las estolas de gasa por 3.000 ¥, que serían regalos para nuestras madres. 
Allí nos comentaron que no hacía falta ir al taller a una hora en concreto, que miráramos el museo y fuéramos al almacén de teñido cuando quisiéramos. 

Así pues, aprovechamos para mirar primero la exposición de ese recinto: un pequeño recorrido por la historia de la zona y su relación con el comercio de índigo, exposición de prendas, etc... la mayoría de las explicaciones estaban en japonés y lo básico traducido al inglés. 

Aizome
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Después, salimos al patio desde donde se accede a la casa principal y al resto de almacenes o estancias. 
En algunos de ellos tienen exposiciones sobre todo el proceso del cultivo de la planta, explicado en inglés y con dioramas muy chulos que ayudan a entender las diferentes fases de la producción del tinte. Además, también hay expuestas herramientas y artilugios antiguos. 

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Una parte de la casa estaba en obras de mantenimiento, pero pudimos acceder a varias estancias por dentro. 

Aizome
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La residencia data del 1808 y se nota que perteneció a unos comerciantes adinerados. En 1987 fue declarada bien cultural de la prefectura, la familia la donó y se construyó el museo. 
 
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La zona del patio y sus exposiciones nos gustaron mucho pero, sin duda, el mejor momento fue el de teñir nosotros mismos las estolas. 
Entramos al lugar un poco en plan: bueno supongo que entenderemos bien las explicaciones de todo el proceso... Y nos llevamos una gran sorpresa al encontrarnos con Omar, un mexicano afincado en la región que trabaja en el lugar. ¡Lo último que esperábamos! jeje

Aizome

Así pues, no hizo falta entretenernos a leer las descripciones e instrucciones en inglés (aparte de entendernos con el instructor japonés), puesto que, inmediatamente, Omar se hizo cargo de guiarnos por el proceso. 

Aizome

Y la verdad es que fue genial porque le pudimos preguntar muchísimas cosas, entender todo muy bien, aclarar dudas y, como no, echarnos unas buenas risas. 

Aizome
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Nos comentó que, aparte de trabajar ahí, también hace de guía en Tokushima. Así pues, se le puede contactar por Instagram en caso de estar interesado. Desde luego lo que recomendamos, si se puede, es cuadrar esta visita con un día que él esté presente, puesto que se aprende mucho al poder hacer el taller en español. 

Al final de nuestra visita, me dio por mirar los horarios del bus y vi que o lo pillábamos en 15 minutos o tocaba esperarse más de una hora. Así pues, apretamos el paso por esos caminos en mitad del campo para llegar al bus e ir a comer en los alrededores de la estación. 
El lugar elegido fue el Coco Ichibanya, la cadena de curry que tiene muchos seguidores pero a la que no íbamos desde hacía años. Fuimos porque era lo fácil y porque tenían un plato de edición limitada que se había agotado en las grandes ciudades: curry con carne en salsa demiglace. 
Nos pedimos ese y el tonkatsu casero. Estaban bien pero, la verdad, sigue sin ser de mis currys favoritos (donde esté el curry de una abuelilla japonesa, que se quite cualquier cadena) y tampoco era tan barato (2.935 ¥ los dos). Por precio y sabor preferimos el Okonomiyaki de la noche anterior o el ramen del día siguiente. 

TokushimaTokushima

Después de comer, nos pasamos por la habitación del hotel para dejar secando las estolas (aún estaban un pelín húmedas) y nos fuimos caminando hasta el Awa Odori Kaikan, el museo dedicado al famoso festival de baile y donde se pueden ver unas pequeñas actuaciones a modo de demostración. 

Hay 4 actuaciones durante el día y una por la noche. Nosotros escogimos ir a la de las 16h y subir antes al teleférico del monte Bizan, que sale desde ese mismo edificio, para que no nos cerrara. 
Según lo que se quiera visitar, se puede pagar por separado o pillar entrada combinada, pero ya solo con subir al monte y ver los bailes merece la pena pagar por la combinada y, de paso, ver la pequeña sala de exposiciones (2.640 ¥). 

Aunque odio las alturas y, por tanto, los teleféricos no me hacen ninguna gracia, en este viaje me enfrenté a mis miedos y subí a varios. 
La verdad es que las vistas desde arriba son increíbles, incluso se vislumbraba Wakayama.

Tokushima
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Y había un precioso árbol de momiji en la entrada de un pequeño santuario de la cima. 

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De bajada, nos pasamos por las salas de exposiciones y actividades interactivas. Aunque son pequeñas y tampoco hay mucha información en inglés, se puede aprender un poco sobre su origen, los instrumentos que utilizan, los movimientos que se realizan, etc.  

Tokushima
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Llegada la hora, entramos al pequeño teatro donde se lleva a cabo la actuación, que es muy divertida. Eso sí las explicaciones habladas eran en japonés y en una pantalla lo traducían a chino y coreano. Quedaba patente de donde es el turismo mayoritario que reciben. Y la verdad es que hubo bastantes días en Shikoku donde no nos cruzamos con un solo occidental. 

Por cierto, hacia al final de la actuación, te animan a salir a bailar en grupo, con ellos, y escogen a los 3 mejores, a los que obsequian con unos detalles. 
Y no, nosotros no salimos, nuestras piernas aún estaban en fase de recuperación, como para compensar la vergüenza. jaja


Con esta visita finalizada, decidimos pasear por la zona tradicional de Teramachi, llena de pequeños templos y casas tradicionales, que se encuentra al lado del Museo y, a pesar de eso, estaba completamente desierta. Era una de las zonas por las que pregunté en la oficina de turismo, porque no sale en las rutas típicas de la ciudad, y la chica se sorprendió de mi interés por ella. 
Me recordó al Teramachi de Nagasaki, donde también paseamos prácticamente solos. 

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A esas horas ya estaba cayendo el sol y los templos iban cerrando pero pudimos contemplar alguno de ellos con su bonito jardín. 

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Y vimos la Kinryosui Spring, una de las antiguas fuentes naturales usadas por los señores feudales y por el pueblo. 

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Justo en ese momento recordé que, ahí al lado, había una cafetería tradicional recomendada por la oficina de turismo: Wadanoya

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Tenía apuntado el ir a probar unos dulces tradicionales de la zona, Taki-no-Yakimochi, hechos con harina de arroz y anko y cocinados a la parrilla, pero justo era la hora del cierre cuando llegamos (las 17h). 
Estábamos mirando el exterior, que es precioso, cuando la dependienta nos dijo que estaban cerrando pero que aun podíamos pedir para llevar y, mientras esperábamos, podíamos pasar a ver el precioso estanque que tienen en la parte interior. 

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Fue una lástima no poder tomar un té con calma en ese lugar, pero estuvimos muy agradecidos de que nos dejaran hacer ese último pedido y pasar al interior del jardín. 
Es más, al ver que Jordi me hacía una foto en el exterior, con los dulces en la mano, se ofrecieron a hacernos una juntos. 

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Después, nos fuimos paseando hasta el río, donde nos sentamos a merendar los Taki-no-Yakimochi. Habíamos comprado las tres variedades que ofrecen: el normal, el de sésamo negro y el de matcha (380 ¥). Todos muy buenos, pero el de sésamo negro nos encantó. 

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En vista que ya no había mucho por hacer en la zona, todo cierra pronto y el centro comercial no ofrecía apenas entretenimiento, regresamos al hotel a descansar una horita y decidir que nos apetecía volver a cenar okonomiyaki. 
Así pues, paseíto relajado, nuevamente, hasta el restaurante del día anterior y disfrutar de una buena cena por 1.600 ¥.

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Como, de nuevo, habíamos cenado muy pronto, volvimos a coger algo de postre en el konbini antes de subir al hotel. Y ya de paso, el desayuno para el día siguiente. Un día que resultaría en parte fail, pero con muchas risas.
Próximamente: ¡El "gran" castillo de Kawashima!



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