Tocaba encarar la parte final del viaje y regresar a Osaka.
Pero, de camino, decidimos que nos cuadraba una visita de esas que siempre
quedaban en el tintero.
Porque, aunque hemos ido a Himeji un par de veces, siempre dedicábamos el
tiempo al imponente castillo de la ciudad (y no es para menos), pero dejábamos
pendiente otra bonita visita: El complejo de templos Engyoji, en el monte
Shosha.
Este lugar se hizo famoso por salir en la película "El último samurai", pero, dentro de Japón, es un importante lugar de peregrinaje y centro de
formación para monjes budistas de la escuela Tendai.
Un lugar con más de mil años de historia, el cual, por fin, pudimos visitar.
Nos levantamos prontito, compramos el desayuno de rigor para el shinkansen y
tomamos nuestro primer Nozomi rumbo a Himeji.
En unos 20 minutos llegamos a la ciudad, cuya atracción principal nos recibía en
todo su esplendor.
Por desgracia, en este viaje no nos pararíamos a visitarlo.
Nos acercamos a la estación de autobuses y, en la oficina, compramos el
billete combinado en el que entra el bus i/v hasta la base del monte y el
teleférico, que te sube a la zona del complejo templario (1.700 ¥).
A diferencia de otros días, esta vez decidimos hacer ambos trayectos en
teleférico, porque ya empezaba a arrastrar bastante fatiga y aún nos quedaba
otro día de caminata en el viaje.
Si no, quizás hubiéramos optado por bajar a pie.
También nos dieron información en inglés y un mapa que ya decimos que no está
a escala. jeje. Tras la puerta Niomon, los edificios están más cerca entre
ellos de lo que sale representado.
El monte Shosha es la última parada del bus, así que no tiene pérdida y te
deja al lado mismo del teleférico.
Tras llegar arriba y admirar las vistas, tocaba acercarse a la puerta a pagar
la entrada (500 ¥) y decidir si se quiere ir a pie por el recinto, o bien usar
el minibus que te acerca al Maniden (cuesta otros 500 ¥ extra).
Nosotros decidimos recorrer el recinto a pie y disfrutar de su ubicación en el
bosque.
Para ello tomamos el camino de la derecha, puesto que por ahí no va el bus.
Tiene tramos de subida y por tanto se hace un pelín más duro a la ida que a la
vuelta, pero merece la pena porque el paisaje que te envuelve es muy bonito.
Tras unos 15 minutos, se llega a la Nio-mon, la puerta que marca el inicio del
complejo Engyoji y que data del periodo Edo (1665).
Y tras otros 10 minutos aproximadamente, llegamos al Maniden. Una bonita sala de templo construida sobre pilares en la pendiente.
Aunque el edificio original tenía más de mil años, éste se quemó en 1921 y poco
después lo reconstruyeron recreando el original fielmente.
A pesar de no ser el de origen, este edificio me impactó. Me resulta precioso y
disfrutamos recorriéndolo con calma.
Aunque el zen se nos fue al poco, cuando escuchamos un alboroto acercarse.
Resulta que era un colegio con niños que estaban de visita. Y claro, los
niños niños son. jeje.
Eso sí, ordenaditos, que no veas como dejaron el calzado de bien colocado jeje
Nosotros ya habíamos terminado de ver el Maniden, así que nos fuimos a la zona
del Mitsunodo, donde se encuentran los tres salones famosos por aparecer en la
película de Tom Cruise. En ella, representaban el pueblo o refugio de los samurai, donde el
protagonista convive con ellos.
Por cierto, la película hay que tomarla como ficción épica, sin más. Nada de histórico. jaja.
Aquí se encuentran el Daikodo (salón principal), el Jikido (fue el albergue o
dormitorios y también comedor) y el Jogyodo (el lugar de entrenamiento).
Justo cuando íbamos a entrar al Daikodo volvimos a escuchar el alboroto. Los chavales venían ya a esta zona. Así pues, como no teníamos prisa, les dejamos pasar. Que visitaran ellos el edificio por dentro y, mientras, nosotros contemplamos
el mausoleo de la familia Honda, que está allí mismo, y observamos un rato la
dinámica escolar. La verdad es que, orden llevaban...
Cuando acabaron y se fueron, entramos nosotros tranquilamente a recorrer el salón
principal. La verdad es que son unos edificios imponentes.
Al finalizar esta zona, decidimos seguir un poco más y ver otros pequeños rincones del
complejo.
Por cierto, aparte de los edificios antiguos, también vimos otros más
modernos y con acceso restringido. Y es que, hay que recordar que el lugar aún
ejerce como escuela de budismo.
Nos acercamos al Kaizando, o templo interior. Construido en honor al fundador
del Engyoji y está rodeado por dos santuarios y un salón de
plegarias.
Después, decidimos regresar por otro camino, haciendo la ruta circular.
Y justo en el punto donde dábamos la vuelta, nos volvimos a encontrar con los
niños, que estaban comiendo en una zona de picnic.
Al tener que pasar entre ellos, se inició una cadena de saludos en inglés por
su parte, alguno de ellos preguntando cosas básicas... Y sus caras al responderles en
japonés, impagables. jaja.
Fue un momento divertido. Hasta los profesores nos hicieron un silencioso
saludo con una sonrisa.
Yendo de regreso a la entrada, nos paramos en el pequeño restaurante que hay en la zona del
Maniden para tomarnos un helado de castaña y un yomogi mochi, que es de mis
sabores favoritos (800 ¥ las dos cosas).
Tras terminar de deshacer el camino y llegar de nuevo a la estación de tren, decidimos comer allí mismo en
un restaurante de soba (ubicación).
Se pedía a través de un QR con el menú en inglés, y elegimos los zaru soba con
tempura, un plato que le flipa a Jordi.
Le gusta tanto y tenía tantas ganas que se pidió la ración grande, que
traía el doble de soba. Y, como vi venir, acabó reventando. jaja. (2.150 ¥ los
dos menús).
Como no teníamos prisa, en vez de esperar al shinkansen que nos llevaría a la
estación de Shin-Osaka, nos subimos al tren que nos dejaría en Umeda, donde
queríamos ir a cotillear tiendas.
Tardamos una horita en llegar y dejamos las mochilas en las taquillas de la estación para
poder movernos tranquilamente entre los centros comerciales.
Por que sí, hay varios centros comerciales conectando con la estación de
Umeda.
Nuestra recomendación es mirar en Maps, en cual está cada tienda que nos interese y también el
piso en el que se encuentra.
Aunque en la estación están todos señalizados, el choque de realidad fue
grande. Volvíamos a una gran ciudad, muy transitada, muy turística... El caos
volvía a rodearnos.
En uno de los centros comerciales, nos pasamos por las tiendas frikis de rigor
(Pokemon, Capcom, Nintendo...) y me compré alguna cosilla en la de Harry
Potter.
Y después, en otro, nos pasamos por la zona donde tienen productos de
diferentes regiones de Japón para ir a la tienda dedicada a Hokkaido. ¿Por
qué? Pues porque allí venden el helado favorito de Jordi: El de melón de
Hokkaido. No sabéis como sueña con él. jeje.
Después, recogimos las mochilas y regresamos al mismo APA hotel donde
estuvimos al inicio del viaje para hacer el check in.
Esa noche no teníamos muy claro donde cenar, pero no me apetecía ir hacia
el follón de Dontonbori.
Así pues, acabamos recorriendo la zona del paseo subterráneo de Namba (Namba
walk) a ver que nos encontrábamos. Y, de paso, refugiarnos un poco del viento
y del frío que estaba haciendo.
Finalmente, el ganador fue un restaurante de Gyukatsu, filete de ternera
empanado, que te lo acabas de cocinar en la mesa y va acompañado de varias
salsas. (ver ubicación. Ojo que está en el paseo subterráneo)
Nos gustó mucho y fue un buen recurso al que volveríamos antes de finalizar
el viaje (3.700 ¥).
Después de la cena, a descansar y dormir. Al día siguiente haríamos una ruta
muy especial y muy antigua...































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