Visitamos la población de Takahashi, en la prefectura de Okayama, donde se
encuentra uno de los doce castillos que se conservan de origen y el único de
ellos que es de montaña.
En nuestra opinión, Bitchu-Matsuyama es una joya poco visitada que merece
mucho la pena.
Ahora bien, llegar a él no es fácil y de ahí la baja afluencia de visitantes, sobre todo comparando con el castillo de la propia ciudad.
Tomamos prontito el tren local que nos llevaría hasta la estación de
Bitchu-Takahashi, y al llegar ahí nos fuimos a la biblioteca, en la propia estación, y que
resulta ser también la Oficina de Turismo y una cafetería Starbucks entre otras cosas.
Tal cual entramos, las chicas del mostrador ya vinieron a buscarnos, llamándome por mi nombre. Estaba claro que éramos los únicos gaijins por la
zona. jeje.
Confirmamos los datos de la reserva del taxi compartido (que habíamos
tramitado el día anterior) y les pregunté por la entrada combinada que incluía
el castillo, dos mansiones samuráis y un templo (1.000 ¥).
Se sorprendieron y alegraron mucho al ver que teníamos planeado quedarnos
a visitar el resto de lugares históricos y no solo el castillo. Y creo que,
entonces, ya les cuadró el que planeáramos bajar a pie con calma, desde el
castillo, en vez de en taxi de vuelta directos a la estación.
El bono de las entradas me pareció muy bonito:
Además, esos días se celebraba un rally stamp y, como íbamos a visitar los
lugares implicados, nos dieron las postales para ir rellenando y así obtener
un pequeño obsequio.
El rally stamp giraba en torno a Sanjuro, el lord del castillo, el cual
tendríamos el placer de conocer. ^_^
Como aún faltaba un rato para la salida del taxi, nos dijeron que podíamos
subir al mirador de la biblioteca desde donde podía contemplarse el
castillo a lo lejos (si la niebla lo permitía).
Justo a esas horas, empezaba a despejar:
En los meses de invierno, las nubes que le rodean al amanecer hacen que parezca
estar flotando en el cielo. Hay quien va a verlo desde un mirador en una
montaña cercana, pero para ello también se necesita coche o taxi.
Nosotros iríamos directos al castillo.
Compramos unos dulces en el Starbucks, porque era posible que comiéramos
tarde, y nos juntamos con el otro visitante que había contratado el
taxi.
Él era de Tokyo, ciudad en la que también ejerció el taxista, que decidió un
buen día volver a su localidad natal y pasar días más relajados.
Tras un breve trayecto y una agradable charla, el taxista nos dejó en el parking superior
(Fuigo Pass) y nos advirtió que compráramos bebidas ahí porque hacia arriba no
había más máquinas.
Aquí nos despedimos de nuestro acompañante, que inició ligero la subida,
aunque nos lo iríamos cruzando durante todo el día: en la bajada, en las casas
samurái, ¡incluso en el tren de vuelta! Pocos éramos y no pararíamos de vernos. jeje.
Para acceder al castillo solo hay 3 formas:
- A pie desde la estación, que es casi hora y media y con una buena subida al llegar a la montaña.
- En taxi, que te deja en el parking de arriba y desde ahí aún quedan unos 20 minutos de subida a pie.
- En coche propio. En ese caso, los fines de semanas y temporadas altas no se puede aparcar en el parking superior, sino en uno un poco más abajo (Jyomachi station). Allí se puede tomar un bus lanzadera (500 ¥ i/v) que te sube hasta el parking superior, y de ahí toca emprender la subida a pie. Si no se quiere tomar el bus, son unos 45 minutos de subida a pie.
Nosotros tardamos 20 minutos, pero yo ya empecé a resentirme de la fatiga
(por mi Esclerosis Múltiple) tras más de dos semanas de viaje. Si no,
probablemente habríamos tardado menos.
Había muy pocos visitantes, tanto a nuestra llegada como cuando nos fuimos,
pero todos nos íbamos saludando y dando ánimos a quienes iban de subida. Un
ambiente muy relajado, en el que acabamos charlando con una pareja japonesa,
que acababan de estar en Barcelona y habían trabajado en Brasil.
Este viaje nos seguía sorprendiendo con estos pequeños intercambios. ^_^
El camino pasa por los cimientos en ruinas de antiguas estructuras del
castillo y luego atraviesa varios círculos defensivos sucesivos, antes de
llegar al recinto interior y a la torre principal.
Como es típico en los castillos de montaña, la torre principal del
castillo de Matsuyama es relativamente pequeña. La altura ya se la otorga la
propia montaña, además que ésta actua de defensa natural, dificultando el acceso con la
subida.
Como comentamos, es el único construido en la montaña que se conserva de
origen. Y también el que está a mayor altitud de los doce: 430m.
Por cierto, ¡¡al llegar nos encontramos con Sanjuro!! Estaba dando su paseo matutino:
En 2018, tras unas lluvias torrenciales, Sanjuro apareció en el castillo y
decidió que era un buen lugar para establecerse y llenar el vacío de poder
con su presencia. ^_^
Desde entonces, fue proclamado Lord del Castillo y ronda libremente por
él.
Aunque suele salir sobre las 10h y las 14h para que los visitantes le
hagan fotos, siempre depende de su humor y de si le apetece.
Además, en muchas partes del castillo vimos camitas, bebederos, juguetes... Todo
preparado para que él fuera a donde se sintiera cómodo. Incluida la oficina,
a la que solo los del castillo y él pueden acceder y donde se retira si no
quiere contactos con la gente.
Nos gustó mucho ver que no fuerzan a que interaccione y le dejan total
libertad.
Por supuesto, prohibido perseguirle, agarrarle o darle de comer.
Estuvimos un buen rato recorriendo el castillo, que en el periodo Sengoku
estuvo en manos del clan Mori y fue su centro para la expansión hacia el
este, donde chocaría de lleno con el Clan Oda.
Dentro de la torre principal hay algunos paneles con explicaciones en japonés, pero se pueden contemplar fotos
de los diferentes trabajos de conservación que se hicieron en el s. XX.
No tendrá un gran museo, con mucha información en inglés... pero se respira
y palpa historia, que es precisamente lo que a nosotros nos gusta. ^_^
A la salida, me paré a comprar el gojoin (300 ¥) y justo estaba Sanjuro en la
caseta de venta de tickets.
Se ve que, cuando está allí, es porque permite las interacciones y nos
dijeron que podíamos acariciarlo. ^_^
Con esta preciosa despedida y unas buenas vistas de la población, iniciamos
el descenso por el bosque.
Había tramos bien cuidados, con escalones de piedra, pavimento liso... pero
otros era puro bosque con raíces, piedras y hojas que resbalaban, así que bajamos con cuidado.
En unos 45 minutos llegamos al pueblo, justo donde está la antigua zona de
casas de samuráis y comerciantes.
Aquí nos cruzamos con el taxista, que nos saludo con una sonrisa y
siguió rumbo al castillo.
Nosotros nos paramos a visitar la primera casa: La residencia Orii.
Una casa construida hace unos 190 años, y donde tienen muñecos recreando
escenas cotidianas de la vida de la época.
Pudimos recorrer toda la casa (descalzándonos en las zonas de tatamis), los
jardines...
Y la mujer fue muy amable, nos sugirió salir a hacernos ella una foto en la
entrada y nos dio la tarjeta coleccionable de la alcantarilla, dedicada a
Sanjuro. En Japón puedes hacer esta colección de tarjetas, normalmente en
las oficinas de turismo, pero ya tengo suficiente con las de gojoin y sellos
de las estaciones. jeje.
Después seguimos con la residencia Haibara, que perteneció a una familia
samurái de alto rango.
Aquí, la señora de la entrada se alegró también mucho al vernos y, como yo
hablaba un poquito de japonés, se vino con nosotros a mostrarnos los
detalles de artesanía destacables de la casa.
Y a la vez, se los iba señalando a Jordi en el folleto. (En las tres visitas del barrio samurái, nos dieron folletos con pequeñas explicaciones en inglés.) ¡Un amor de persona
vamos!
Al finalizar, nos regaló unas figuritas de origami y nos dejó a nuestro aire
para recorrer la casa.
En esta casa tienen un micro museo dedicado al Lord del Castillo y venden un
poco de merchandising del gatete.
Menos algunos minutos que coincidimos con nuestro compañero de taxi,
estuvimos absolutamente solos en estas visitas. Normal que nos sintiéramos tan bien
recibidos, al mostrar interés por esta parte de la historia de la ciudad.
Ojalá más visitantes se tomaran la molestia de recorrerla.
Al salir, seguimos la calle hasta llegar al Raikyuji, o más bien, hasta
subir a él...
Este templo del budismo zen destaca por su precioso jardín. Éste fue obra de un
famoso diseñador de jardines, Kobori Enshu, que residió allí una
temporada.
Estuvo en activo entre los periodos Azuchi-Momoyama y Edo. Y, entre
otros, creó los jardines de la Villa imperial Katsura y del Castillo de
Nijo, en Kyoto.
El recinto es muy bonito, tranquilo y relajante. Tanto, que nos sentamos
unos minutos a contemplarlo.
Después, ya solo nos faltaba pasar por una pequeña oficina a finalizar la
postal del rally stamp, donde nos dieron unos post-it de Sanjuro como
detallito.
Eran cerca de las 14 h y tocaba plantearse el tema comer, porque a esas horas ya empezaba
a ser tarde para una pequeña localidad japonesa.
Y ahí empezó el problema. Nos metimos en una shotengai, de camino a la
estación, y según fuimos viendo (y confirmando en Google Maps) algunos
restaurantes cerraban los lunes (sí, era lunes), otros cerraban a las 14 h y
otros, que eran tabernas, solo abrían a partir de las 17 h...
La opción de comer en el Starbucks empezaba a perfilarse.
Por suerte, encontré un restaurante que, según Maps, cerraba más tarde. Estaba justo en frente de la estación y, al parecer por las fotos, servia platos caseros.
P'allí que nos fuimos (ver ubicación).
¡Y vamos si era casera la comida! Como que era, literalmente, una "casa de
comidas".
Donde montan un restaurante en la planta baja y ellos viven arriba.
Al abrir la puerta, nos encontramos a la señora en el sofá, viendo la
televisión (pues que a esas horas ya había despachado a los trabajadores de
la zona, obvio). Y la pobre, al ver entrar a dos gaijins se quedó blanca. Creo que fuimos los primeros en aparecer por ahí, o quizás tuvo alguna mala
experiencia previa.
Jordi dudó en que hacer, pero yo no. Era ahí o el Starbucks y las fotos
tenían buena pinta. No pensaba comer un sandwich. jaja.
Nos señaló una mesa y con cara seria nos dejó las cartas en japonés para
adentrarse un momento en la cocina. Probablemente estaría nerviosa por
miedo a no entendernos o porque la carta no estaba en inglés.
Pero yo estaba dispuesta a lograr que la señora se relajara y sabía que, en
cuanto le pidiera la comida en japonés, se quedaría más tranquila. ¡Y así
fue! Le escuchamos soltar aire de alivio al pedirle los platos sin
preguntarle nada en inglés. jeje.
En cuanto nos trajo la comida, el buen olor que nos inundó ya adelantó el
resultado: ¡Estaba muy bueno!
Jordi se pidió katsudon y yo katsukare. Nada mejor que un curry casero. jeje.
Los dos menús solo costaron 1.700 ¥. Seguíamos comiendo bien y barato en los
pueblos.
Cuando nos dejó los platos, se fue al sofá y nos miraba de reojo. Supuse que
seguía nerviosa por si no nos gustaba, así que, en cuanto lo probamos, le dejamos claro que estaba delicioso. Y entonces sucedió. ¡Le arrancamos
la primera gran sonrisa y nos lo agradeció con una reverencia! Ya respiraba
100% tranquila.
Al ir a pagar, le repetimos que nos había encantado y, de repente, nos dijo
que esperásemos un momento. Al poco, ¡apareció con unas mandarinas de su
huerta como regalo! Me pilló con la guardia baja y tuve que contener las
lágrimas.
Con una gran sonrisa y reverencias por ambos bandos, nos despedimos. Tocaba
regresar a Okayama. Eso sí, feliz con las mandarinas.
Si alguien se plantea esta excursión con calma, parando a comer allí y no
sabéis japonés, os recomiendo usar el traductor con la carta (para que no se
agobie con preguntas en inglés) y siempre con una sonrisa en la boca, para
ayudarle a confiar en que todo irá bien.
Creedme que casi siempre funciona con la gente mayor y acaba siendo una
buena experiencia. ^_^
De regreso a Okayama, la fatiga estaba golpeándome duro y optamos por plan
de relax, viendo tiendas en el centro comercial AEON de la estación.
Recorrimos varias tiendas frikis, el Animate, el Donki y una pop up de
Pokemon.
Como no podía ya con mi alma, decidimos hacer una merienda/cena en McDonald's. Fácil y sin necesidad de pensar, y nos pillamos nuestros puddings
de confianza en el konbini, para tomarlos mas tarde en el hotel.
Tocaba descansar, porque aún me quedaban un par de excursiones en este viaje
y quería poder aguantarlas.














































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