Amanecía el último día junto a nuestras amigas y teníamos planeadas unas
visitas con mucha historia. Pero jamás imaginamos todo lo que habían
preparado... acabó resultando un día muy emotivo y también lleno de
risas.
Tras recogernos en el hotel, tomamos rumbo al monte Yashima, un lugar famoso e
importante dentro de la historia de las guerras Genpei.
Nosotros subimos en coche, pero desde la estación Kotoden Yashima sale un
autobús lanzadera (uno por hora) hasta la cima.
Y, para quienes les guste el senderismo, también se puede subir a pie siguiendo la ruta del Shikoku Henro, puesto que allí se encuentra el templo
nº 84 del peregrinaje.
Como comentábamos, en esta zona ocurrió una batalla muy importante y decisiva
en la guerra que enfrentaba los clanes Taira y Minamoto, en el s. XII.
Los Taira se habían replegado en este área con la esperanza de recuperarse de
las derrotas que venían acumulando. Era una zona difícil de invadir y, con la
fuerza naval bien ubicada, creyeron que tenían la ventaja de su lado.
Sin embargo, no contaron con la astucia de Minamoto no Yoshitsune, un gran
estratega.
Éste les hizo creer que tenían más tropas en el mar de las que de verdad
eran y los Taira no se dieron cuenta que, en realidad, el grueso de soldados
había desembarcado y se les acercaban por detrás, dirección al palacio,
aprovechando que a esa hora la marea estaba baja y se podía llegar a
caballo.
En resumen, los Taira huyeron rumbo al mar, hubo varios choques entre ambos
lados y finalmente navegaron hacia el sur, donde meses después caerían
derrotados por última vez.
Japón entraría en la era del shogunato Kamakura, a manos de los
Minamoto.
En la cima de Yashima se encuentra un pequeño estanque llamado "Chi no ike" ("estanque de sangre"). Según se dice, se tiñó de rojo sangre después
de que los victoriosos guerreros Minamoto lavaran sus espadas en él.
Como buena gran batalla, ésta está llena de leyendas y mitos épicos.
Nos acercamos al templo Yashima. Hoy en día forma parte de la peregrinación
que fundó Kobo Daishi, pero su origen se remonta al año 754 de la mano de un monje
budista chino llamado Ganjin.
De las aventuras (y desventuras) de este famoso monje nos hablan las sensei y
Jordi en un
vídeo
(risas aseguradas estando Jordi de por medio...).
Mientras ellos grababan, yo me acerqué a la tienda de omamoris (amuletos) para
comprar algunos y acabé charlando un rato con los vendedores, que estaban
sorprendidos por nuestra visita y porque les hablara en japonés.
Acabé comprando un amuleto muy bonito para proteger a las mascotas y una
tablilla ema de tanukis (que se usan para pedir deseos) que también
incorporaba un omamori para proteger a la familia.
Se dice que, este lugar es el hogar del espíritu del que es considerado jefe
de todos los tanukis. Y tiene un santuario dedicado.
Tras grabar los vídeos y dar una vuelta, cayó la primera sorpresa: Habían
reservado un taller de wasanbon, unos dulces típicos para acompañar el té, que
yo había probado en ocasiones pero no sabía de su elaboración, ni de la fama
que tenían los de esta región.
El taller lo realizamos en una pequeña
cafetería, que se encuentra
ubicada
dentro de una tienda de souvenirs artesanales, en el recinto del templo.
La chica nos explicó el proceso, nos habló de los diferentes azúcares que
usaríamos y que eran muy especiales, muy finos, se te deshacen en la boca con
una textura muy sedosa.
Después, nos dejó un rato para poder hacer nuestros wasanbon usando
diferentes moldes. Podíamos llenar una cajita, para llevarnos a casa, y
después hacer 2 o 3 más para tomar en la cafetería.
Fue muy divertido e interesante el poderse adentrar en una artesanía local y
que, encima, estaba relacionada con el mundo del té que tanto me gusta.
Al finalizar, nos trajeron un genmaicha para tomarlo tranquilamente, junto con
nuestros wasanbon y nos explicaron como infusionarlo correctamente.
Todo bien organizado al detalle para disfrutar al máximo del producto.
¿Qué más se podía pedir?
Pues, ¿qué opináis de un pequeño jardín, al borde de la casita tradicional,
donde poder relajarse con el té?
O quizás, ¿contemplar un biombo, pintado hace 400 años, representando la
batalla de Yashima...?
Daba mucho respeto acercarse a él, pero es que estábamos ante una pieza de
arte muy antigua y bonita.
Sin duda, un lugar muy especial ésta cafetería y tienda.
Tras pasar un rato relajados, las chicas se dieron cuenta que tocaba marcharse para ir rumbo
al restaurante donde íbamos a comer, puesto que habían hecho una reserva. Nosotros, como siempre,
nos dejamos llevar.
Breve parada en el mirador, donde se ve la zona en la que se enfrentaron las
fuerzas navales y seguimos.
Al llegar al lugar flipé. El restaurante es una antigua mansión de la época Edo, con 250 años
de historia, que perteneció a una familia prominente de comerciantes.
Nos contaron que la implicación de esa familia con la gestión del pueblo fue
tan grande y estaban tan bien considerados por los aldeanos y la
administración, que recibieron el derecho de portar un apellido y espadas,
algo reservado a la clase samurai.
El lugar era precioso, con varios jardines, el salón principal y un par de
salas privadas.
Pues bien, no siendo suficiente la sorpresa de habernos traído a este lugar, ¡resulta que habían reservado una de las salas privadas a modo de regalo de
cumpleaños!
Una salita preciosa, con su jardín propio... Yo estaba en shock.
La mesa estaba dispuesta con todos los detalles que marcan una celebración. Y, mientras Hira sensei me los explicaba y destacaba, yo acabé llorando de la
emoción.
Fue demasiado especial todo lo que habían organizado.
En cuanto a la comida, habían encargado uno de los diferentes menús kaiseki
que ofrecen en el lugar. Una maravilla para los sentidos: diferentes
entrantes, con un sashimi y unos encurtidos deliciosos.
Un plato de tempura espectacular (tienen un chef especializado). Y
chawanmushi, que es una especie de pudding salado.
Y una torre de recipientes lacados, que contenían los famosos udon de la zona,
para comerlos fríos mojando en un salsita que los acompaña.
Si al entorno, la comida, y la compañía, le sumamos una abuelilla encantadora
como encargada de nuestra sala... ya tienes el cocktail para la velada
perfecta. ^_^
Por si alguien quiere intentar planificar una comida especial, el restaurante
se llama
Goyashiki, y por lo visto tiene renombre y es conocido por los japoneses, sobre todo
en la zona.
Aún con la emoción a flor de piel, regresamos a la base del monte Yashima para la última visita del día: El museo al aire libre de Shikoku Mura
(1.600 ¥).
Este agradable parque, en la ladera del monte, conserva y exhibe edificios y estructuras
tradicionales que han sido trasladados aquí desde toda la isla de Shikoku.
Entre los edificios expuestos, que datan principalmente de los períodos Edo y
Meiji, se encuentran varias casas de campo y almacenes. En alguna de ellas vivió gente hasta no hace mucho. Y salen en un vídeo hablando del traslado al
museo.
También puedes entrar en diversos talleres tradicionales que procesaban productos como azúcar y salsa de soja.
En una de las casas de comerciantes pudimos ver algunas de las artesanías y
utensilios típicos de la época.
Y, ¿Recordáis los puentes de lianas que vimos y cruzamos en el Valle de Iya?
Pues aquí tienen una recreación. Aunque esta vez yo no lo crucé, que ya
suficiente tuve con los otros. jeje.
Es de estos museos que te permite aproximarte a la vida de la gente en el
periodo Edo y Meiji de manera concentrada. Ideal para quienes disfrutan con
la historia.
Salimos a la hora del cierre y, como estaba anocheciendo, decidimos subir a
ver el paisaje, desde el santuario Yashima que está justo al lado.
Tras las visitas, nosotros regresamos a la zona del hotel y nos fuimos a pie
hasta la estación JR para cambiar los pases de tren y, de paso, contemplar
las luces de navidad que tenían instaladas en esa zona.
Ahí constatamos que fue un acierto alojarse donde escogimos, puesto que la
zona de la estación estaba un tanto desangelada a esas horas. Mientras que las
shotengai estaban llenas de vida, con muchos restaurantes e izakayas.
Por la noche Laura y Hira nos vinieron a recoger y nos llevaron a un
local especializado en gyozas, para la cena de despedida.
Era un garito con mesas de madera, en las que había tirador de lemon sour en la misma mesa y
mucha vidilla de jóvenes comiendo y, sobre todo, bebiendo.
¡Nos lo pasamos genial! Laura y yo nos pedimos el "nomihodai" (la oferta de
bebe todo lo que quieras) del tirador de lemon sour y, para comer, varias tandas de gyozas,
gambas (las ebi mayo están tremendas) y no se cuantos platillos más, la verdad. jajaja.
En un momento dado se nos sentaron un grupito de coreanos en la mesa de al lado, y
ahí la noche derivó a una situación surrealista y llena de risas, donde el poco inglés que ellos hablaban dejó pasó al traductor de los teléfonos,
las fotos brindando o bailando el Gangnam Style... Hay que decir que ellos ya iban bastante "contentos" en ese momento jajaja.
¡De como acabamos invitados a la boda de uno de ellos, en corea, mejor ni
hablamos! Aunque creo que, cierta novia estará aliviada de que los gaijins que conoció su novio borracho, en Takamatsu, hayan decidido no contactarles
para hacer acto de presencia en esa boda. jajaja.
Y es que los muchachos ya venían de beber en varios locales y entre la marcha
que traían, más la poca vergüenza made in spain que le sumamos... lo
dicho, buenas risas nos echamos.
Nos faltó verles con la resaca al día siguiente, revisando las decenas de
fotos que quisieron echarse con nosotros. jajaja.
Fue una cena super divertida, ideal como despedida, no solo del gran día de
celebraciones que me habían preparado, sino de nuestro encuentro de ese
año.
Con mucha pena y emoción, nos despedimos de ellas hasta la próxima. Porque
siempre habrá una próxima. ;)
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| ¡Os queremos, chicas! |
Al día siguiente madrugábamos para tomar rumbo a la isla principal. Nuestra primera
incursión en Shikoku llegaba a su fin, pero estamos seguros de que regresaremos
en algún momento porque esa isla nos ha encantado.










































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