Este día visitaríamos dos poblaciones con barrios históricos, en una excursión
desde Matsuyama.
Y, aunque las miras estaban puestas en la primera de ellas, fue la segunda la
que a mí, personalmente, acabó atrapándome.
Como queríamos intentar hacer las dos visitas, madrugamos para llegar a la hora de apertura de una de las atracciones principales, de la primera parada: La ciudad de Ozu,
que surgió en el período Edo como ciudad fortificada, y cuyo casco antiguo
conserva edificios tanto de esa época como del período Meiji.
Ese día activamos el pase regional y nos subimos a uno de los trenes express que nos dejaría, en unos 40 minutos, en la estación de Iyo-Ozu, rodeados de una
niebla que había inundado el valle desde gran parte del trayecto, y que aún
tardaría un rato en despejar.
Desde la estación teníamos unos 20 minutos a pie hasta el castillo, nuestra
primera visita.
¿Había bus? Había. Pero, entre lo que le faltaba por llegar y que hacía
rasca, decidimos pillarnos una lata de sopa de maíz calentita (creedme está
buenísima) y echarnos a andar.
Pero la verdad es que el trayecto fue bastante desangelado. Sin nada especial
y más bien pasando por zonas poco activas: negocios cerrados, destartalados e
incluso abandonados.
Eso sí, al acercarnos al río, tuvimos unas bonitas vistas a la colina del
castillo, envuelto en la niebla.
En la base del castillo ya vimos otro ambiente: casas reformadas, calles más llamativas...
Y eso se repetiría, más tarde, en la otra zona de la población que
visitaríamos.
Una alternancia de calles destartaladas con otras reformadas, la mayoría de
ellas, con carteles de Nipponia en algunos de los locales.
Y es que, esta cadena de hoteles ha estado invirtiendo en la zona de Ozu para
ir reconvirtiendo las antiguas residencias samuráis en hoteles, restaurantes, etc.
De hecho, el castillo en sí forma parte de esa reforma hotelera puesto que
(si tienes presupuesto suficiente) puedes alojarte en él.
Si bien el origen del castillo se remonta al s.XIV, los edificios actuales son
una reconstrucción moderna. Aunque, en este caso, decidieron hacerlo de madera
y con técnicas tradicionales.
Dentro hay poca cosa en cuanto a exposiciones y, obviamente, la madera se ve
muy nueva. Y tampoco tiene un mirador en la torre del que disfrutar de las
vistas en el exterior... Así que, si me preguntáis, personalmente no me
desviaría aposta solo por este castillo.
Eso sí, me agencié el gojoin (sello, por 500 ¥) y compramos la entrada
combinada del castillo más la villa Garyu Sanso, la otra atracción principal,
por 880 ¥.
No estuvimos mucho en el castillo y nos fuimos con la duda de, si te alojas
en él, ¿donde vas al baño por la noche?
Las duchas ponía que se usaban las del hotel que está enfrente, pero ¿el
lavabo? En la torre principal, que es donde montan los futones, no vimos nada
susceptible de serlo.
Y pensé que, como de noche tuviera que ir dormida por esas escaleras... no
íbamos bien. jaja.
Pues nada, con el pequeño castillo visto, nos fuimos a pie hasta la Villa pasando por la "Old Town", donde alternamos, nuevamente, calles con negocios
destartalados:
Con edificios de la época Meiji, como ésta antigua clínica transformada en
tienda:
Y callecitas reformadas, nuevamente llenas de edificios de Nipponia:
Al rato, llegamos al acceso de lo que creo que es la visita más famosa del
lugar: Garyu Ganso.
Esta villa fue construida alrededor de 1907 con métodos completamente
tradicionales (participando en ella unos 9000 artesanos) e inspirándose en las
antiguas villas imperiales de Kyoto.
Entramos por la casa principal, donde has de descalzarte para poder recorrerla
por dentro.
En la entrada, nos dieron un panfleto contando todos los detalles de la
construcción y artesanías concretas en las que fijarnos.
Nosotros la fuimos recorriendo poco a poco y con paciencia, porque toda la
gente que no estaba en el castillo, estaba en la villa.
Hicimos muchas fotos, porque la verdad es que, con el momiji, el lugar lucía
muy bonito.
De ahí salimos al jardín, pasando por una sala de té donde no se puede
entrar:
Y llegando a la otra casa, que se alza sobre río, muy bonita y fotogénica,
rodeada de los colores de otoño.
Con paciencia, sorteando coreanos y chinos jeje, nos quedamos haciendo unas
cuantas fotos y después salimos por la zona del santuario Ozu, de bajada hacia
la zona antigua de nuevo.
Aprovechamos que era domingo para acercarnos al Popoken Yokocho, un callejón
que recrea puestecillos de la época Showa (años 50).
Todo muy retro y con juegos de feria antiguos. Pero ojo, que solo abren los
domingos.
Y justo al lado se encuentra el Akarenga Kan (Redbrick Hall), un edificio de
la época Meiji construido al modo occidental con ladrillo rojo.
Originalmente fue un banco comercial, pero hoy en día funciona como galería y
tiene un pequeño lugar de descanso de acceso gratuito.
Como habíamos madrugado, finalizamos las visitas antes del mediodía y nos
encontramos con la decisión de o bien hacer tiempo en Ozu para comer o bien tirar del
plan B e ir rápido a por el tren para comer en Uchiko y pasear un poco por allí por la
tarde.
Como el ambiente de Ozu no nos había acabado de enganchar (supongo que irá a
gustos pero así fue en nuestro caso), optamos por poner rumbo a la siguiente
parada.
Spoiler: Nos alegramos de haberlo hecho.
El trayecto en tren de Ozu hasta Uchiko es corto (menos de 15 minutos), así pues,
sobre las 12:30h ya estábamos en la oficina de turismo preguntando por
opciones tradicionales para comer.
Según nos comentaron, la mayoría cerraban a las 14h pero había un lugar, que
además era su recomendación, que cerraba a las 15h:
Shimogahatei.
Nos fuimos directos al restaurante para hacer cola, puesto que ya nos habían
avisado que seguramente habría algo de espera, y a las 13:30 ya conseguimos
nuestra mesa en la zona de tatamis.
Este restaurante era una antigua bodega de sake y es un edificio precioso, con
140 años de historia.
Si se quiere ir a los baños hay que atravesar el jardín, para lo cual te calzas unas
sandalias especiales que están dispuestas en la pasarela de madera y que hay
que dejar ahí mismo a la vuelta, antes de pisar de nuevo el tatami
descalzos.
La especialidad aquí son los fideos soba. Y la recomendación del mes era el
Kamo Namban Soba (con caldo de pato), ¡un plato que me encanta! Pero, además,
con un toque cítrico buenísimo, ¡que por algo estamos en Shikoku! jeje
¿Un delicioso plato calentito, en un lugar histórico, por 1.500 ¥? No se puede
pedir más. ^_^
Con las fuerzas renovadas, nos dispusimos a explorar el distrito histórico de
Uchiko, una población que prosperó a finales del s.XIX gracias a la
producción de cera de alta calidad.
Y gracias a ello, los comerciantes construyeron nuevas casas o ampliaron las
existentes, dando lugar a hermosas calles con edificios del período Meiji que, por
suerte, se han preservado con el aspecto original.
Hay algún pequeño museo y alguna casa que son visitables, pero como era ya por
la tarde y todo cierra a las 16:30, nos dedicamos a pasear tranquilamente, ver
lo que era de acceso gratuito y disfrutar del ambiente.

Primero, retrocedimos un poco para ver, justo al lado del restaurante, el
Museo de Historia de Uchiko, que recrea, con figuras a tamaño real, la vida de
lo comerciantes en aquella época. Desde la calle se puede ver la zona de la
tienda, que era una farmacia.
Retomamos el camino rumbo a la calle principal del distrito histórico y nos
recordó mucho a Magome y Tsumago: edificios conservados, evitando muchos
detalles modernos a la vista...
Pero, a la par, nos gustó ver que no todo eran tiendas o cafeterías, si no
que, también eran viviendas y talleres de artesanos que seguían habitando el
lugar.
Y la verdad, esperamos que así siga siendo porque le da más aire de
autenticidad.
De hecho, nos asomamos a un taller de cera y a otro de cestería donde los
dueños estaban trabajando de cara al público, acompañados de su simpático
perrete. ^_^
También entramos en el museo Machiya, un pequeño edificio de entrada gratuita donde poder echar un vistazo a como eran las viviendas de los comerciantes en la época
feudal.
Un poco más adelante se encontraban las residencias de las familias Omura y
Honhaga, pertenecientes a comerciantes adinerados.
La primera se considera uno de los edificios más antiguos de Uchiko, de
finales del periodo Edo, y solo se puede ver por fuera.
La segunda nos permite echar un vistazo a sus jardines y vislumbrar la
riqueza que obtuvo, la que fue la principal productora de cera de la ciudad.
También hay un museo en la residencia de la familia Kamihaga sobre el
comercio de cera y la vida en la ciudad, pero, como ya comentamos, decidimos
dedicar el tiempo a disfrutar paseando.
Por cierto, en la localidad también hay un antiguo teatro kabuki que se
podía visitar, pero estaba cerrado por reformas hasta otoño de 2028,
calculan. Una lástima pero, por suerte, en este viaje visitaríamos otro
teatro.
Como comenté, Uchiko era un plan B que tenía "por si daba tiempo".
Y debo decir: ¡Menos mal que pudimos visitarlo! A titulo personal, como
siempre para gustos colores, nos gustó más que Ozu.
Conectamos más con su ambiente y su estilo de conservación que, si bien en
Ozu también están intentando restaurar y preservar, lo vimos más comercial,
girando en torno a los hoteles Nipponia.
Aunque la villa de Ozu es preciosa, y más en momiji, a día de hoy me hubiera
gustado disponer de más tiempo en Uchiko. Entrar a ver los pequeños museos,
sentarme tranquilamente en alguna de las cafeterías con jardín, pararme a ver con más calma a los artesanos y quizás informarme de si me podía
apuntar a algún taller...
Pero bueno, disfrutamos del día, que es lo que cuenta y nos llevamos un buen
recuerdo.
¡Por cierto! Recomendamos pasarse por la oficina de turismo al llegar, para
recoger un panfleto con el mapa en inglés de la zona histórica. (Bueno, en
realidad nosotros siempre nos pasamos por ellas a por información,
que nunca se sabe que recomendaciones te pueden caer. ^_^)
Tras el paseo, tomamos el tren de vuelta a Matsuyama y de ahí el tranvía de
regreso a la confitería tradicional (en la que estuvimos el día anterior) para
merendar y, de paso, comprar unos dulces para nuestras amigas (que veríamos en
unos pocos días).
Yo me lancé nuevamente a por el de yuzu y Jordi a por el de mikan.
Y de regreso al hotel, a pie por el vecindario, pasamos de nuevo por la
máquina que tenía la bebida favorita de Jordi para agenciarse una para el
desayuno. Y a descansar un rato (que menudas pateadas nos pegábamos con eso de
no esperar a los buses).
Un poco más tarde, salimos a pasear de nuevo por la zona comercial de enfrente
y nos decidimos a cenar en el Gindako, una famosa cadena de Takoyakis. Hicimos
varias tandas de las diferentes bolitas de pulpo y salimos por 2.288 ¥.
Y tras la cenita, a dormir, que al dia siguiente tocaba madrugar de nuevo para otra excursión.
Ésta algo más alejada de las del día de hoy, pero que también prometía. ^_^













































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